Vistas a la página totales

viernes, 23 de enero de 2015

Un lapsus momentáneo de razón

El título de esta reflexión no es de mi autoría, más bien es el título de unos de los tantos discos de Pink Floyd. Cuando por primera vez vi estas palabras, me sorprendí muchísimo por el peso de su significado—y aún sostengo esa opinión. Sin embargo, sólo ahora he podido darle un uso y he podido conectarlo con uno de esos pequeños despertares que tenemos en ciertas ocasiones. Hoy gracias a una conversación con uno de mis alumnos, creo que he tenido un lapsus momentáneo de razón, lo que no es fácil cuando uno vive para producir y mantenerse vivo en este sistema, que en mi opinión, saca muchas veces lo peor de nuestra naturaleza. Hoy, he recuperado mi optimismo e idealismo.

Con muy poco tiempo de ocio, muchas veces no nos detenemos a pensar en por qué hacemos lo que hacemos, por qué actuamos como actuamos y por qué no hacemos lo que realmente queremos hacer. Muchos fuimos idealistas y soñadores cuando niños y algunos lo fuimos incluso durante muchos años más. Por muchas razones, cuando uno entra al mundo laboral las cosas son significativamente diferentes, entramos a la “realidad”.

Dependiendo del trabajo que realicen y las responsabilidades que tengan, el tiempo para detenerse en un parque y observar un paisaje, escuchar una canción apreciando los distintos matices y sutilezas o conversar con alguien que no pertenece a nuestro círculo más cercano (entre muchas otras actividades que le dan color y sonido a la vida) puede ser un gran desafío. Ciertamente, nuestra rutina pasa a ser nuestra realidad, una realidad que asumimos es la norma, una norma que asumimos existe como la materia (tangible y moldeable, en muchos casos), olvidando que las normas las inventamos, acordamos e integramos nosotros, y  sólo están en nuestra memoria colectiva como una convención social, o impuestas en algunos casos. Es cierto que vivimos en sociedad y el comportarse distinto puede ser razón de exclusión y rechazo, no obstante, también es cierto que nosotros creamos la realidad, que a pesar de que ésta comienza como algo abstracto en nuestras mentes, es posible plasmarla en algo concreto, sólo miren a su alrededor y observen cómo hemos modificado nuestra naturaleza para bien o para mal.

Desde mi humilde punto de vista, creo que hoy nos dedicamos más a vivir dentro de las normas, de lo prestablecido, de lo “normal”, sin cuestionarnos si seguimos el rumbo que realmente queremos, sin crear una nueva realidad, sin usar nuestro potencial para producir cambios más allá de nuestro círculo, sin siquiera atreverse a mirar por la ventana para ver qué hay más allá—no vaya a ser que “produzcamos” un poco menos. Esta consecuencia no es nueva, en nuestro país todo lo que es arte y humanidades están muy mal valoradas. Aún vivimos en la etapa de producir y producir dinero, no de producir investigación, arte, música, danza, entre otras.

Quizás el punto que quiero explicar es que si bien muchos declaran que es parte de la naturaleza humana ser competitivos y querer obtener más bienes materiales, y de paso codiciar lo que otros tienen, creo fuertemente que se puede luchar contra estos sentimientos y crear un mundo más colaborativo y solidario, o al menos intentarlo. No somos mejores que otros por nuestros estudios, éxito financiero o estatus social, después de todo, todo es relativo. No debemos destruirnos para progresar. Los que hemos sido afortunados de tener una buena educación y un hogar donde crecer, creo que debemos construir una realidad distinta para aquellos que no tuvieron las mismas oportunidades por distintas razones. Debemos alterar nuestras convenciones sociales y dejar de asumir que las cosas son así porque así han sido por siglos. También debemos evitar pasarle la responsabilidad a las futuras generaciones porque al parecer esa tendencia se ha repetido por cientos de años. Mejor modifiquemos nuestro actuar ahora para que las futuras generaciones vean ejemplos y no sólo escuchen palabras cliché. Mejor trabajemos todos por el bien común y, aunque no podamos cambiar el mundo, cambiemos la realidad que nos rodea y de quienes nos rodean. No es tan difícil sonreírle a la persona que limpia los ascensores, saludar al chofer de micro (aunque no devuelva el saludo), dar el asiento en el metro o hacer un favor sin pensar en la retribución.  Al final del día, nadie se va con sus cosas después de morir y, en mi caso, no creo que nos recuerden tanto por nuestros logros materiales como por nuestras acciones que de alguna forma inspiraron a otros a continuar en la senda del bien común más que del individualismo.

Dedicado a todos aquellos que no creen en que es posible cambiar nuestra realidad o que viven angustiados por lo que no tienen.