El título de esta reflexión no es de mi autoría, más bien es
el título de unos de los tantos discos de Pink
Floyd. Cuando por primera vez vi estas palabras, me sorprendí muchísimo por el peso de su significado—y
aún sostengo esa opinión. Sin embargo, sólo ahora he podido darle un uso y he
podido conectarlo con uno de esos pequeños despertares que tenemos en ciertas
ocasiones. Hoy gracias a una conversación con uno de mis alumnos, creo que he
tenido un lapsus momentáneo de razón, lo
que no es fácil cuando uno vive para producir y mantenerse vivo en este
sistema, que en mi opinión, saca muchas veces lo peor de nuestra naturaleza.
Hoy, he recuperado mi optimismo e idealismo.
Con muy poco tiempo de ocio, muchas veces no nos detenemos a
pensar en por qué hacemos lo que hacemos, por qué actuamos como actuamos y por
qué no hacemos lo que realmente queremos hacer. Muchos fuimos idealistas y
soñadores cuando niños y algunos lo fuimos incluso durante muchos años más. Por
muchas razones, cuando uno entra al mundo laboral las cosas son
significativamente diferentes, entramos a la “realidad”.
Dependiendo del trabajo que realicen y las responsabilidades
que tengan, el tiempo para detenerse en un parque y observar un paisaje, escuchar
una canción apreciando los distintos matices y sutilezas o conversar con
alguien que no pertenece a nuestro círculo más cercano (entre muchas otras
actividades que le dan color y sonido a la vida) puede ser un gran desafío. Ciertamente,
nuestra rutina pasa a ser nuestra realidad, una realidad que asumimos es la
norma, una norma que asumimos existe como la materia (tangible y moldeable, en
muchos casos), olvidando que las normas las inventamos, acordamos e integramos
nosotros, y sólo están en nuestra memoria
colectiva como una convención social, o impuestas en algunos casos. Es cierto
que vivimos en sociedad y el comportarse distinto puede ser razón de exclusión
y rechazo, no obstante, también es cierto que nosotros creamos la realidad, que
a pesar de que ésta comienza como algo abstracto en nuestras mentes, es posible
plasmarla en algo concreto, sólo miren a su alrededor y observen cómo hemos
modificado nuestra naturaleza para bien o para mal.
Desde mi humilde punto de vista, creo que hoy nos dedicamos
más a vivir dentro de las normas, de lo prestablecido, de lo “normal”, sin
cuestionarnos si seguimos el rumbo que realmente queremos, sin crear una nueva
realidad, sin usar nuestro potencial para producir cambios más allá de nuestro
círculo, sin siquiera atreverse a mirar por la ventana para ver qué hay más
allá—no vaya a ser que “produzcamos” un poco menos. Esta consecuencia no es
nueva, en nuestro país todo lo que es arte y humanidades están muy mal
valoradas. Aún vivimos en la etapa de producir y producir dinero, no de
producir investigación, arte, música, danza, entre otras.
Quizás el punto que quiero explicar es que si bien muchos
declaran que es parte de la naturaleza humana ser competitivos y querer obtener
más bienes materiales, y de paso codiciar lo que otros tienen, creo fuertemente
que se puede luchar contra estos sentimientos y crear un mundo más colaborativo
y solidario, o al menos intentarlo. No somos mejores que otros por nuestros
estudios, éxito financiero o estatus social, después de todo, todo es relativo.
No debemos destruirnos para progresar. Los que hemos sido afortunados de tener
una buena educación y un hogar donde crecer, creo que debemos construir una
realidad distinta para aquellos que no tuvieron las mismas oportunidades por distintas
razones. Debemos alterar nuestras convenciones sociales y dejar de asumir que
las cosas son así porque así han sido por siglos. También debemos evitar
pasarle la responsabilidad a las futuras generaciones porque al parecer esa
tendencia se ha repetido por cientos de años. Mejor modifiquemos nuestro actuar
ahora para que las futuras generaciones vean ejemplos y no sólo escuchen palabras cliché. Mejor trabajemos todos por el bien común y, aunque no podamos
cambiar el mundo, cambiemos la realidad que nos rodea y de quienes nos rodean.
No es tan difícil sonreírle a la persona que limpia los ascensores, saludar al
chofer de micro (aunque no devuelva el saludo), dar el asiento en el metro o
hacer un favor sin pensar en la retribución. Al final del día, nadie se va con sus cosas
después de morir y, en mi caso, no creo que nos recuerden tanto por nuestros
logros materiales como por nuestras acciones que de alguna forma inspiraron a
otros a continuar en la senda del bien común más que del individualismo.
Dedicado a todos aquellos que no creen en que es posible cambiar nuestra realidad o que viven angustiados por lo que no tienen.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario